Síguenos en: FacebookTweeterYoutube


 

 
Carlos Raluy:
Reportaje - 19/05/2015 - Anna Badia. El director del Circ Raluy, Carlos Raluy. Foto: Jesús M. Atienza.

Carlos Raluy nació entre números de circo el 28 de octubre de 1944, hace ahora poco más de 70 años, fruto del matrimonio entre los artistas Luis Raluy Iglesias y Marina Tomàs Jorba. Siete décadas después, hace balance de una vida entre carpas y caravanas, iluminada por los focos de la pista. (Entrevista publicada en el número 44 de la revista Zirkólika).

El ringmaster y director del Circo Raluy aparece por la puerta de la caravana-cafetería vestido de calle. Se sienta en una de las antiguas sillas forradas de terciopelo rojo tan característico del Raluy. Por la ventana, entre las cortinas y difuminado por gotas de lluvia, se despliega el circo que los Raluy han contribuido a construir a lo largo de su vida con esfuerzo, ilusión y rigor. Un esfuerzo que les ha permitido ganar el Premi Ciutat de Barcelona de Circ 2014 por la calidad de su último espectáculo. El segundo de la segunda generación circense de los Raluy hace un último vistazo a través de los cristales antes de empezar a recordar.

Cuando nació hace setenta años, Raluy solo era un apellido poco común, y ahora da nombre a uno de los circos más prestigiosos de Cataluña...

Todo empezó hacia principios de los 70. Hasta entonces, mis padres, mis tres hermanos y yo habíamos sido artistas que vivíamos de contratos de terceros, pero la familia empezó a crecer. Mi hermano mayor, Luis, se casó y yo también tenía previsiones, y un día me pregunté: ¿cómo lo haremos para vivir todos de contratos? Y pensé en crear nuestro propio circo.

Una idea arriesgada.

Para algunos, sí. Incluso mi padre no lo veía claro, pero lo que él veía difícil, yo lo veía muy fácil. Empezamos a trabajar como locos y a apretarnos el cinturón, y un par de años después compramos un circo y debutamos en Portugal, donde había menos competencia, pero al final me llevó muchos dolores de cabeza.

¿Por qué?

Los circos de allí nos hicieron la vida imposible, querían echarnos del país. Y yo me sentía responsable de la situación, así que fui quien tuvo que hablar con mucha gente, incluido el Ministerio.

¿Responsable?

Sí, porque la iniciativa de crear nuestro propio circo fue mía. ¿Qué hubieran dicho si yo hubiera dado un paso atrás después de embarcarles en este lío? Así que yo me encargué de ello, y también de desaparecer de Portugal tras la Revolución de los Claveles.

¿Desaparecer? ¿Cómo?

Me llegaron voces de que se quería nacionalizar el circo, y me las ingenié para fingir que íbamos a Oporto para actuar, ¡y nos escapamos por Badajoz!

Fue otra idea suya muy arriesgada...

Sí, y otra llegó a finales de la década. Pergunté a mi padre qué le parecería hacer un circo a la antigua, como los que veía él de joven, y le gustó la idea. Un tiempo después se lo propuse a mis hermanos, y aunque la idea salió adelante, no todos estuvieron de acuerdo, y mi hermano Eduardo se separó para crear su circo mientras que el resto empezamos a construir lo que ahora es el Raluy.

¿Y se ha convertido en lo que usted soñaba?

Creo que todos estamos contentos y satisfechos. Toda la vida he soñado en lo que hago, en lo que he hecho y en lo que haré, y todavía no he agotado ni mis sueños ni las ilusiones.

¿Así que el circo es un sueño para usted?

Ha sido siempre un juego y al mismo tiempo un sueño. Al principio era un juego que a medida que me he hecho mayor se ha convertido en nuestra forma de ganarnos la vida; me he convertido en empresario de circo sin haber querido ser empresario. Y es que nunca he visto el circo como un medio para ganar dinero, ganarme la vida con él ha venido solo, nunca fue el objetivo.

¿Y cuál era el objetivo?

Satisfacer un sueño personal y mantener la familia unida. Lo he hecho todo para que todos nos beneficiemos de este oficio que es el circo, y para que nos mantengamos unidos, formando una piña. Aunque no siempre ha sido fácil.

¿Por qué?

Cada uno ve las cosas a su manera, y la familia es grande. Mi hermano Luis siempre me ha apoyado, al cien por cien, pero no todos hemos tenido siempre el mismo punto de vista, y cada cual hace las cosas como las siente.

¿Y cuál es su punto de vista?

Siempre he querido hacer un circo diferente, evitando ser como los demás. Nunca me ha gustado imitar a nadie y he buscado un estilo propio. Por eso voy poco a ver otros circos, para no distorsionar la visión y para mantener mi propia forma de hacer las cosas.

¿Cómo definiría esta manera propia?

Para mí el circo es como un oasis en un espejismo en el desierto. Es una aventura en la que un día estás aquí y otro allá, no tienes tiempo de aburrirte. Al menos yo nunca me aburro; siempre estoy haciendo cosas, y cuando no las hago directamente, las sueño. Esto es el circo, una aventura.

Un concepto difícil de plasmar... ¿Cómo lo hace?

Siempre he visto el circo desde el punto de vista de un niño. Tienen una forma diferente de soñar y de vivir el circo.

¿Y cómo lo vivía usted cuando era niño?

Yo nací en el ambiente del circo, y a diferencia de los estudios, que no me interesaban, el circo me apasionaba. Me fijaba en todo y todo me quedaba grabado en la memoria. Incluso, ya de muy pequeño hacía mi propio circo...

¿Cómo?

Pedía a mi madre que me dejara una sábana y construía un chapitô en miniatura. Me apasionaba de tal manera que incluso me inspiré en un sistema inglés para generar electricidad y utilicé unos remolques de juguete y unas baterías para iluminar mi pequeña carpa.

¡Qué inventiva! Ha continuado desarrollando esta creatividad en el actual Raluy?

Se me ocurren cosas porque pienso mucho y me fijo en los detalles. Por ejemplo, hice pintar una cúpula para tapar los hierros de la parte superior de la carpa, porque no me gustaba que se vieran. También pedí a mi mujer que cosiera unas fundas de terciopelo para tapar unos nudos, abrí el hotel dentro del circo y también he hecho modificar la situación de las perchas del interior de la carpa para que no dificultaran ni el paso ni la visión.

¡Cuántos detalles! ¿Cómo se le ocurren?

El circo forma parte de mi mundo. Mientras que unos están aquí y allá, yo siempre estoy aquí, al menos mi cabeza. Incluso, alguna vez que he estado fuera, he estado inquieto y sufriendo por lo que podría pasar. Muchas noches me las paso pensando en qué podría hacer en el circo; en vez de pensar en otras cosas, imagino cambios y mejoras. Y nunca son noches perdidas.

¡Así que no sólo trabaja en el circo de día, sino también de noche!

Es mi vida, mi oficio y mi pasión. A veces incluso he olvidado otras cosas importantes o las he dejado en segundo plano por el circo.

¿Esto le ha obligado a hacer sacrificios?

Me he sacrificado para conseguir muchas cosas, pero la organización del circo nunca me ha preocupado, es como si lo hubiera hecho toda la vida, desde niño. Pero sí que requiere grandes esfuerzos.

¿Por ejemplo?

Entre otros, para reunir todas estas caravanas antiguas, he tenido que hacer decenas de viajes y cientos de kilómetros a otros países con la caravana, acompañado de mi mujer. Una vez incluso me desmayé en uno de los trayectos.

¿Qué pasó?

Me llevaron al hospital y no encontraron nada, me dijeron que había sido culpa de los nervios, la ansiedad y el agotamiento. Pero no he parado. No hace mucho hice un gran viaje para comprar el órgano antiguo que hoy tenemos en la entrada.

¿Valió la pena?

Para mí sí, pero, claro, no todo el mundo siempre está de acuerdo, y algunos hubieran preferido gastar el dinero en otra cosa. Somos una gran familia y no todos ven el circo desde el prisma en el que yo lo he visto toda la vida. Pero hay desavenencias en todas las familias.

¿Le preocupa que estos desacuerdos puedan perjudicar al circo?

Siempre preocupa, porque quisiera que el Raluy continuara muchos años. Pero todo sigue igual y en el camino que se ha proyectado, incluso ahora que mi hermano Luis se ha retirado. Son elementos internos que no tienen por qué influir en el resto.

Hablando de retirarse, parece que usted ni se lo plantea.

Yo estoy sano y espero seguir estándolo durante mucho tiempo. Y pienso que el día en que me retire, moriré al día siguiente, porque ya no tendré lo que me hace vivir, que es la enfermedad del circo. Porque si fuera una enfermedad, tendría cirquitis aguda.

Así que todavía tiene mucho por hacer en el circo.

Claro, ya lo veréis. En el futuro quiero seguir soñando hasta el final. Una vez llegado el final, me llevaré mis sueños conmigo, y dejaré parte de ellos para el resto.

¿Quizás escribirá un libro?

Es una posibilidad. Algunos dejan escritos cuando se van, otros no han sabido hacerlo; yo, el día que me vaya dejaré esto, el circo. Unos sueños se marcharán conmigo y este se quedará como un recuerdo más.

Pero el final aún lo ve lejano.

Cuando se es joven, se piensa que esto solo pasa a los viejos, sin que los jóvenes vean que un día también serán viejos. La vida es una aventura, y cuando la gente se va pienso en todos los recuerdos que se van con ellos. Cada persona es un mundo, con sus ilusiones y decepciones, que se convierten en un bagaje íntimo que se marchan con ella.

¿Está pensando en sus padres?

Se lo debo todo a ellos. Lucharon como titanes para sacar adelante a la familia. Iban de aquí para allá con los cuatro hijos, Luis, yo, Eduardo y Francis. Mi padre se jugó la vida por nosotros muchas veces. Una vez se quedó con medio cuerpo paralizado más de medio año después de hacer el hombre bala; sufrió mucho por nosotros. Yo le adoraba. Pero todo pasa.

Los recuerdos, no. ¿Cuál es el mejor que conserva?

No puede haber uno, hay un cúmulo de buenos y no tan buenos recuerdos. Pero el número que más satisfacción me ha dado y más me ha gustado hacer es el de las barras fijas, primero con mi padre y luego con mis hermanos. Tenía mucho éxito y lo hicimos durante más de quince años; yo empecé a los 13, cuando aún no llegaba a la barra y mi padre tenía que ayudarme. Éramos jóvenes y fuertes. El tiempo todo lo cambia.

Siempre queda la memoria.

Sí, y siempre recordaré algo que me contó uno de mis hermanos y me hizo saltar las lágrimas. Me confesó que mi padre les había dicho: “Dejad que Carlos lleve el circo a su manera”. Para mí, con lo que amaba a mi padre, que dijera eso es un gran orgullo.

Y así lo ha hecho, a su manera.

Pero siempre pensando en el bien de toda la familia. Estoy contento de lo que se ha hecho, y pienso que no hay nada más bonito en la vida que vivir de lo que uno mismo ha creado en vez de hacerlo a costa de lo que otros han construido.

¿Cree que si hubiera nacido fuera del ambiente circense hubiera terminado de todos modos dedicándose al circo?

No sabría decirlo. Si hubiera sido un ciudadano al margen del circo, tal vez tendría otra forma de pensar y no se me hubiera pasado por la cabeza, pero para mí ha sido una suerte haber nacido en este mundo. No hay nada mejor que disfrutar de aquello a lo que uno se dedica, y esto es lo que siempre me ha gustado y en lo que he soñado.

¿Ser ringmaster formaba parte de su sueño?

Tener que hacer de presentador ha sido un poco imprevisto, porque la verdad es que siempre he sido un poco tímido en la pista. Hoy, después de tantos años, me sigo poniendo nervioso cuando tengo que presentar algo nuevo.

Sabe cómo disimularlo.

Me gusta pensar mucho las cosas antes de hablar en público. Pero realmente nunca me ha gustado ser protagonista. De hecho, raramente he querido salir en los carteles. Las cosas que he hecho, las he hecho porque he querido, no para presumir de ello.

¿Y cree que ha conseguido lo que ha querido?

Estoy contento con lo que se ha hecho y espero que dure. No sólo por ilusión mía, sino porque pienso que el Raluy al final se ha convertido en un circo querido por el público. Y cuando un espectador se te acerca agradecido después de un espectáculo que ha pagado para ver, no tiene precio. Cuando consigues esto, tienes la impresión de haberlo conseguido todo.

(Entrevista publicada en el número 44 de la revista Zirkólika). Puedes suscribirte a la revista aquí.

COMPARTIR:

ZIRKOLIKA - Apartado de correos 2008 - 08080 - Barcelona - Tel. 933106793 - Email: zirkolika@yahoo.es

Último número